Es hasta cierto punto obvio, incontrovertible quizá, que nuestra lengua materna moldea o incluso determina la manera en que pensamos. Las singularidades de cada idioma los convierten en obstáculos que la mente aprende a sortear, realizando maniobras que no parecen las mismas para alguien que nace en un medio lingüístico específico y no en otro.